¿Hacia dÓnde vamos?

Por: Jesús M. Acuña Méndez
26 de octubre 2012

De un tiempo a la fecha, la sociedad mexicana ha venido viviendo... sufriendo, un fenómeno que no es tan sonado y publicitado, pero que es del mayor peligro y debe provocar un serio ejercicio de autorreflexión.

Antes, cuando nuestros padres eran jóvenes, a la gente que robaba se le identificaba como ladrón; al pillo se le identificaba como pillo; al mentiroso se le identificaba como lo que era: un mentiroso, etc. Hoy, nuestra capacidad -como sociedad- de tolerancia hacia lo ilícito y/o inmoral ha incrementado alarmantemente. Tampoco diré que el autoengaño consistente en no ver al pillo como tal es algo nuevo. Desde hace siglos, la iglesia -en su papel de censor moral- "perdonaba" a los pecadores y abusivos en la medida de que éstos compraran dicha absolución vía "limosnas" tales como haciendas, terrenos, legados, etc. Se trataba pues, de un juego de mentiras entendidas, donde los cómplices simplemente entregaban y recibían lo que necesitaban uno del otro. Sin embargo, el resto de la gente sabía de la farsa, tenía la aptitud moral de identificarla y reprobarla aunque tan solo fuera en lo privado.

La situación actual es más triste. Nuestra sociedad ha entrado en esta fase de autoengaño donde pretendemos tener una conciencia infantil, inocente e incapaz de darse cuenta de qué es lo que pasa.

Ilustraré este punto con un breve ejemplo personal. Nací y crecí en Hermosillo. Cuando era un preparatoriano, ya existía una clara percepción -entre la gente de mi edad- de que había tres principales grupos sociales: los humildes, los clasemedieros (mi grupo) y los ricos. Sin embargo, sabíamos de un cuarto grupo: los "narquillos" (cholos con mucho dinero -para su edad- producto de vender droga). No coincidíamos en las mismas fiestas ni teníamos amistades en común. Ellos estaban apartados. Terminé la preparatoria y dejé la entidad para estudiar en la capital del país y después en el extranjero. Un proyecto de desarrollo social hizo que regresara a Hermosillo siendo casi diez años más viejo que cuando me fui. Me topé con que en esa década, el narcotráfico creció de manera exponencial. Que las autoridades estaban coludidas (o que eran empleadas en algunos casos) de los grandes amos de la delincuencia organizada. ¿Me sorprendí? No. Lo que me sorprendió fue la asimilación tan rápida que vivió mi sociedad con respecto a la cultura de la ilegalidad. Ahora me topaba con que aquel narcocholo semi-analfabeta del que oí hablar en la preparatoria, ahora era todo un "respetable inversionista". "¿Oye, pero como es que vas a su fiesta?" le pregunté, incrédulo, a alguna amistad de la adolescencia. Me quedé atónito cuando las respuestas para explicar el porqué de la aceptación de estas personas era: "es que fulanito ya cambió; es que él ya no es como antes; es que es muy inteligente porque hace mucho dinero."

No había “antro” al que fuera donde no me encontrara rodeado de gente que lavaba dinero o que distribuía droga. Además, al saber que tanto los dueños de los establecimientos como las autoridades policiacas estaban si no al servicio de estas personas, sí amedentradas por ellas, pues evidentemente también me comencé a sentir absorbido por este clima de inseguridad e impotencia.

Quizá y al leer estas líneas te sientas identificado. Talvez no. Es un testimonio más; como el de cientos de miles que pudieran recogerse en cualquier ciudad del norte mexicano, donde la cultura de la ilegalidad y la admiración por el crimen forma parte ya de nuestro día a día y de nuestras aspiraciones como sociedad, especialmente entre los jóvenes.

Pero regreso al inicio. ¿Viste la película de "El Infierno"? Si, la del Benny y el Cochiloco. Al México chilango/sureño le fascinó y a nosotros los norteños nos dio risa ya que esa caricatura del fenómeno está más

que superada. Ahora el crimen organizado vive bajo la piel de un inversionista que viste bien, que va a los clubes deportivos más exclusivos, que se rodea de la "gente de sociedad". Vive bajo la piel de un importante desarrollador de empresas que sale en las portadas de las revistas del corazón y sección "sociales" de los periódicos entregando cheques a la beneficencia pública y cenando con arzobispos. Vive bajo la piel de "promotores económicos" que constantemente están inaugurando nuevos negocios y celebrando su buena fortuna.

Pero increíblemente, en esos brindis celebratorios, los presentes olvidan que los protagonistas de dichos triunfos empresariales no son más que prestanombres, lavadores o simples cómplices de corporaciones que no nos ayudan. "Si, lava millones de dólares, pero también genera empleos con su empresa y ayuda a los pobres." Excusas siempre sobran cuando pregunto.

¿¡Qué pasó pues!?

¿Sufrimos de un mal intelectual degenerativo que nos impida darnos cuenta… o simplemente nos acostumbramos a esto? Yo rechazo esta dinámica. Y lo digo públicamente.

Y para todos los pillos en el gobierno que se coluden con el crimen organizado: cuidado... el pecado del bruto consiste en creer ser más vivo de lo que realmente es. Ahí está la tragedia que ahora tocó a Moreira. ¿Apoco el no sabía de esto cuando era gobernador? ¡Ah! Pero cuando el trauma -que ha tocado a miles y miles de mexicanos- los toca, ponen el grito en el cielo. Como dicen en mi rancho, ahora está la víbora chillando en Coahuila. Y para bien. Y así hay muchas historias de importantísimos empresarios mexicanos, que, creyendo que ese monstruito (ilegalidad) al que solo le daban croquetas nunca los iba a morder... pero un día se encontraron con un hijo secuestrado y muerto. Entonces sí: se activaron y denunciaron aquello que un día, con su complicidad de acción u omisión, dejaron crecer.

Siempre lo escuchamos: somos más los buenos que los malos. Pero, caray, en este país son más los apáticos que los que hacen algo. De lo contrario, respiraríamos otra realidad. ¡Activémonos pues! ¡Informémonos! Y sobre todo, nunca perdamos el carácter y la brújula moral que nos permita llamarle a las cosas por su nombre.

La transformación de esta indigna realidad que vive nuestro país requiere que reajustemos nuestro esquema de tolerancia. Nosotros ya nos hartamos.

¿Y tu?